TREN
Salimos caminando tipo 3.30 de la
madrugada a comprar vino, se nos había acabado y pese a que la botillería abierta
más cercana quedaba a unos 10 kilómetros, sentíamos que era indispensable tener
más vino, garrafa en ristre comenzamos la marcha.
Éramos 4 caminantes, compañeros
de universidad que vivíamos en la villa San Pedro donde a las 3.30 de la mañana
no había nada abierto para comprar, seguro de los que digo puedo afirmar
que había que esmerarse más que un poco
para conseguir algún bebestible a esa hora.
El carrete había estado bueno, y
al quedarnos sin vino no dudamos en aventurarnos a caminar hacia la plaza de
San Pedro viejo, al lado del cuartel de los bomberos, donde otras veces ya
habíamos conseguido comprar algo para seguir la juerga.
Esa vez por alguna razón sentía
un dejo de amargura y rebeldía que el alcohol aminoraba, o acrecentaba según el
punto de vista con que se mire. Caminábamos a paso firme, raudos, como con la convicción de que nuestras
acciones era una reivindicación a una vida que nos ofrecía alternativas, pero
sin la seguridad que se requiere para tomar una de ellas ciegamente y comenzar
crear un futuro promisorio.
El camino se hacía largo, pero
las bromas, las canciones y las conversaciones ayudaban a olvidar la distancia,
hacían que nuestros pasos tomaran una continuidad redonda, que se repetía
constante cuando finalmente avanzábamos. La caminata resultaba agradable dentro
del amargo sentimiento que invadía a todos, se respiraba bien el aire frío del
mar cercano que se metía en las narices de una forma refrescante y profunda.
Salimos fuera de villa, pasamos
la bencinera que está en el borde cuando acaban las casas, a la orilla de la
carretera que va de Lota a Conce, nuestro camino por esa arteria era conocido y
más que nada amigable, ni un alma se veía a esa hora y en esos años. Enfilamos
dirección al Puente Viejo y a poco
caminar llegamos a la rotonda que une el otro acceso a San Pedro con el camino
a Lota, la vía que viene desde el Puente Nuevo. Era una rotonda pequeña y
siempre llena de flores, donde muchas veces en primavera había pasado tardes de
sol interminables, tirado sobre una alfombra de flores moradas, dejando pasar
el tiempo sin más objetivo que estar allí.
Seguimos la caminata por esos lugares conocidísimos para nosotros, que
caminábamos durante los días y durante las noches, frente a nosotros y paralela a
la carretera estaba la vía del tren, una vía añosa que venía desde Concepción
atravesando el puente ferroviario sobre el río BioBio, un puente exclusivo para
el tren, que podías ver claramente cuando cruzabas el Puente Viejo y que toma
dirección a Coronel y Lota, una vía que ya solo usaban trenes de carga y no de
pasajeros, como pasó en gran parte de
Chile con los hermosos ramales interiores de trenes que se perdieron con la
modernidad de las carreteras concesionadas.
La plaza de San Pedro viejo
estaba a la salida del puente ferroviario, era lo primero que el tren
encontraba en San Pedro, era esta plaza donde estaba el cuartel de bomberos y
donde nosotros íbamos cuando se nos pasaba la hora, conseguíamos vino en una
botillería que ahora recuerdo como clandestina. Por lo tanto el tren, en ese
aterrizaje desde el puente disminuía su velocidad, se hacía lento y tomaba una
forma amistosa y benevolente.
Puedo decir que el Pato andaba inquieto
y de mal humor, habíamos tenido pruebas donde, como ya se estaba haciendo
costumbre, le había ido pésimo, nosotros nos juntábamos a estudiar con un grupo
de otros compañeros, pero él nunca estaba, o llegaba atrasado, no tenía interés
y siempre encontraba una excusa para no ir con nosotros, nadie podía obligarlo, solo lo invitábamos,
pero tampoco íbamos a exigirle nosotros que estudiara, esas cosas son de cada
uno.
No sé si tenía líos con una polola o no le gustaban los que estudiábamos
o las materias, solo éramos buenos amigos entre todos y tratábamos de llevarnos
bien, de cuidarnos hasta lo que se podía. Cuando el Pato se quedaba en el foro
o en los pastos de la universidad y pasaba la noche allí, o andaba con su grupo
de amigos de tocata en tocata, no lo güeveabamos para que se fuera con nosotros
a San Pedro a la casa, que le íbamos a hacer, no lo íbamos a llevar a la fuerza,
tampoco éramos unos cabros chicos, si no quería estudiar o quería pasar la
noche durmiendo en las azoteas de los edificios de la u, era cosa de él, era
una vida que se veía que disfrutaba, de hecho veía que él lo pasaba mucho mejor
que todos nosotros y me preguntaba si yo no debía empezar a comportarme así
también.
Era diferente cuando la cosa se
armaba en Jesuitas 41, ahí estábamos todos juntos y carreteábamos todos en la
misma, nos embalábamos después de algún certamen cuando ya podíamos relajarnos,
cada uno recibía amigos y amigas y la casa de llenaba de gente, era una fiesta
constante que duraba toda la noche y que podía seguir hasta la otra noche, los
amigos se quedaban en la casa a dormir esparcidos por todos lados.
Esa noche quedamos solo los 4 de
la casa, el Pato se notaba inquieto, como más prendido que de costumbre, ya
habíamos discutido dos veces antes de que
decidiéramos salir a comprar vino, por tonteras, política o puntos de
vista de la vida, hasta por música. Estaba más irascible que otras veces,
considerando que siempre tenía mal genio, y esta vez además se veía triste y desbandado.
Llegamos a la placita y
comenzamos a golpear y a vocear en el clandestino. Luego de un rato nos
vendieron una garrafa de blanco con la quedamos más contentos que la chucha,
nos sentamos en un banco de la plaza, respiramos y miramos el cielo cruzado por
una nubes delgadas y debiluchas, cuanta hermandad nos unía en esos instantes de
silencio y contemplación, con la satisfacción de una meta cumplida, nos
sentíamos hermanos de esos que para toda la vida estarán para apoyarse y
protegerse.
Empezamos el camino de vuelta,
alegres. Cuando a pocos pasos de caminar nos dimos cuenta que se asomaba el
tren a Lota metiéndose desde el BioBio hacia donde estábamos nosotros, venía lento
como un viejo que arrastra sus pesados pasos. Pasaban uno a uno los carros,
infinidad de carros, muchos carros. A mí
se me ocurrió decirles a todos que como el tren pasaba frente a la villa donde
vivíamos, nos subiéramos para irnos en tren y bajarnos frente a la villa. A mí
ya se me había olvidado de las peleas en la casa que a lo mejor tenia a los
cabros todavía enojados. La respuesta
fue agresiva e insultante, yo ni siquiera lo decía de verdad, estaba güeveando,
pero frente a esa respuesta la ira me hizo pensarlo de verdad, yo llevaba la
garrafa y se la pase al Feña, me dispuse a subir al tren.
Este gueón del Pato empezó a
decir que nos subiéramos al tren para irnos de vuelta a la casa, como ya
cachábamos que andaba medio cagado de la cabeza por quien sabe qué cosa, lo
agarramos a chuchadas rapidito para que se le olvidara la idea. Cuando en ese
momento me pasa la garrafa y lo vemos acercarse al tren en movimiento, pegar un
salto y quedar sentado en una viga de un carro sin carga del tren, bájate
conchetumadre le gritamos entre todos, y lo vimos alejarse lentamente.
Me acerque al tren en movimiento,
el tren iba realmente lento, iban pasando varios carros sin carga, sin piso, de
esos que tienen una base de vigas gruesas que sirven para poner sobre ellas
directamente la carga, me afirme de una de esas vigas, me impulsé, roté mi
cuerpo y quede sentado sin problemas sobre la viga de forma perpendicular al
tren mirando hacia afuera, les grite que se subieran, que me pasaran la
garrafa, pero ninguno si siquiera lo intentó, el tren empezó a acelerar y me
fui alejando de mis amigos.
Nos quedamos echando perico y
maldiciendo a este gueón que nos dejaba pensado preocupados de que fácilmente
se podría matar en esas condiciones. Caminamos de vuelta a la casa, ya no
podíamos hacer nada, que más podíamos hacer. Terminaron de pasar los carros del
tren y la línea férrea que conducía a Coronel se volvió reluciente en la
oscuridad.
El tren empezó a acelerar y me
fui alejando de mis amigos, el tren empezó a acelerar más y el viento empezó a
moverme, además el vaivén del tren era fuerte y estaba en una posición
inestable sin poder sujetarme más que de la misma viga donde me encontraba
sentado, las dos vigas de los lados estaban muy alejadas para servir de algo,
el tren aceleraba más y el miedo ya me invadía, el tren iba muy rápido y se
movía fuertemente, las ruedas de acero se veían entre las vigas y el sonido que
producían era impresionante, comencé a pensar que debía saltar cuanto antes por
que el tren no paraba de acelerar, trate de pararme en la viga para poder
saltar con un impulso considerable pero no pude, no tenía donde afirmarme para
pararme y no perder el equilibrio, el tren aceleraba, yo veía las ruedas de
metal feroces y en un movimiento frenético, pensé en saltar de la posición
sentado en que estaba, pero no me convencía, el impulso era muy menor y me daba
la impresión que el viento me chuparía hacia las ruedas del tren con el
fatídico resultado que conlleva, después me convencí de que me quedaría arriba
del tren hasta cuando parara. El tren seguía acelerando cada vez más, y pensé
en el largo camino hacia Coronel y Lota, en el viento y la inseguridad de ir
allí sin tener sujeción, pasábamos por el frente de la villa y el tren iba a
mucha velocidad, supe que tenía que saltar, puse las manos firmes al lado de
mis caderas, metí mis piernas hacia el tren y las moví en forma de péndulo lo
más fuerte que podía, presioné con mis manos y salté.
Caminamos en silencio por largo
rato, nadie hablaba, creo que sentíamos que algo se había escapado más allá de
los que podíamos disfrutar, de lo que acostumbrábamos a controlar mientras
teníamos esos carretes que finalmente era una bienvenida distracción, una juega
más normal de lo que parecía y en la que toda nuestra generación estaba. Pensábamos
en cómo el Pato se bajaría de allí,
hasta donde llegaría sentado en el tren, en cómo volvería a la casa a
esa hora de la noche si es que lograba bajar cuando el tren se detuviera en
algún lugar. La rabia nos inundaba, solo
queríamos volver al verlo para agarrarlo a combos por hacernos pasar una
situación que nadie quería ni sentía que se merecía. Abrimos la garrafa y la
empinamos un par de veces, para dar un refresco dulce al amargo regreso.
Volé unos segundos con el viento
pegándome fuerte y caí al lado de los rieles, no sé cuántas vueltas di rodando hasta
que me detuve quedando boca arriba con las manos y piernas extendidas, con el
corazón casi explotándome en el pecho, me saqué la conchamimadre, permanecí así
por largo tiempo mirando otra vez esas nubes blancas, delgadas y debiluchas que
se movían recortando el cielo negro. Quede lleno de raspaduras y golpes por
todos lados, no sabía si tenía algo quebrado, no sentía dolor.
Llegamos a la casa, entramos y el
Pato no estaba, conchatumadre, este gueón se mató, con el alma en un hijo subimos
al segundo piso, cómo chucha explicaríamos lo sucedido, entramos a la pieza,
prendimos la luz y ahí estaba el chuchasumadre, tendido sobre su cama con los
ojos abiertos mirando hacia al cielito de su pieza, conchetumadre, maricón de
mierda, cabro reculiao, le pusimos una patada a la cama donde estaba, pero ni
se movió ni respondió nada, lo dejamos solo y nos fuimos a terminar la garrafa
con la furia todavía en las gargantas. Más no podíamos hacer.
Realmente no sé cómo pase de estar tendido en
el pasto al lado de la línea del tren, terminando de ver pasar los
interminables carros y sin poder moverme y en estado de schock, a estar tendido
en mi cama en la misma posición, debo haber caminado, cruzado la avenida
internándome por la villa hasta llegar a la casa antes que mis compañeros. Solo
me incorporé cuando sentí ruidos de pasos subiendo la escalera, abrí los ojos y
prendieron la luz, no me moví ni los miré, me levantaron a chuchadas y le
pegaron varias patadas a la cama, creo que no me pegaron a mí porque no sabían
si tenía algo quebrado y por el aspecto para la cagá que tenía, no dije nada,
no me moví nuevamente, no los mire, permanecí mirando el cielito de mi pieza,
hasta que se fueron alegando en mi contra, la había re cagado, tenía que
comerme las chuchadas, que más podía hacer.
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